UN MUNDO DIGITAL PARA LA VIDA Y EL BIEN COMÚN

POR VICTORIA GOMEZ / ED.227 MARZO-ABRIL 2024

Un mundo digital para la vida y el bien común del ser humano
«Hay que insistir en que las instituciones de enseñanza y el profesorado inviertan para transmitir valores al sistema digital… Los valores no pueden imponerse desde arriba, vienen de dentro. Mi mayor esperanza es que esa voz interior que cada persona posee actúe en el momento justo». Fadi Chehadè

Las fuerzas digitales están remodelando la sociedad y la economía en todo el mundo. No son buenas o malas, son fuerzas irrefrenables. Sería insensato intentar detener el tsunami digital que está a punto de impregnar y dominarlo todo

Entrevistamos al ingeniero Fadi Chehadè que afirma: «No creo que haya una infraestructura en el mundo que pueda promover la unidad de la humanidad tanto como internet. Lo que se hace y lo que podría hacerse por el bien común es inconmensurable. Pero no se ha invertido lo suficiente en la creación de común, de bienes comunes, término legal que indica lo que está a disposición de todos en la Red, de forma gratuita». Y es que el poder mundial se concentra en manos de pocos y privados. Es necesario que crezca en todos la conciencia.

Internet en pocas palabras

–Cuando se concibieron los primeros protocolos de Internet se eliminó la idea de las fronteras nacionales e internacionales y de las jurisdicciones legales, existentes desde hace dos siglos. Por eso cuando hoy una empresa como Google toma una decisión en una esquina de la pequeña localidad de Silicon Valley (California), involucra a los niños en Namibia y en cualquier otro lugar del mundo. Y esto puede ser un problema o una oportunidad. Yo lo veo como una gran oportunidad. De hecho la pandemia de coronavirus ha transformado rápidamente Internet en la infraestructura más decisiva del planeta, permitiendo a personas, empresas, instituciones educativas y culturales, incluso sanitarias, mantenerse conectadas en pleno confinamiento, funcionando como tejido conector para gran parte de la interacción y la actividad mundial, evitando el colapso total.
Pero debemos preguntarnos: ¿cómo en una era de crecientes divisiones políticas, económicas y sociales se ha mantenido una sola Internet que conecta al mundo entero? ¿Y cuál es el mejor modo para seguir protegiéndola?

¿Cómo está estructurada, cómo se organiza?

–Se estructura en tres niveles.

  1. El primero es la infraestructura lógica: 77 mil redes, la mayoría propiedad de empresas privadas (AT & T en Estados Unidos, France Telecom, China Telecom…). Conectadas a ellas hay 25.000 millones de cosas, y en 2030 será un billón (o un trillón) de cosas, incluidos mis ojos y mis acciones… Todo en el mundo estará conectado a Internet. Es lo que llamamos Internet de las cosas e incluye también a las personas.
  2. Con el segundo nivel todas estas cosas aparecen como una sola. Es el nivel que he tenido el privilegio de dirigir y proteger durante cuatro años. Gracias a él, Internet es una Internet. Comprende todos los números digitales existentes, almacenados en lo que llamamos la raíz de Internet descentralizada en 13 bases en todo el mundo: dos en Europa, 10 en Estados Unidos y una en Japón. Se vigilan constantemente y con enorme cuidado porque es el sistema más atacado del planeta. Si esas 13 bases dejasen de funcionar, el mundo digital entero se paralizaría.
  3. Pero además hay un tercer nivel, el que todos conocemos y en el que actuamos: medios de comunicación, gobiernos, empresas, páginas web, ciudadanos… Existe una Red buena y una Red sumergida.

¿Y quién gobierna esta especie de universo?

–El primer nivel está gobernado por los ministerios de telecomunicaciones y las empresas que las gestionan.
El segundo por el organismo que fundé y que se llama ICANN 1, la primera institución transnacional del mundo cogobernada por ciudadanos, gobiernos y empresas, un logro extraordinario para la humanidad.
El tercer nivel: medios de comunicación, gobiernos, empresas, páginas web, ciudadanos. Existe una Red buena y una Red sumergida.
¿Quién gobierna este tercer nivel? Nadie. Lo gobierna el caos.
El no gobierno de la vida digital es un problema global muy serio y sin respuesta. Pero estamos llegando a una fase en la que todos debemos formar parte de la respuesta. Hace tiempo me encontré en un evento privado con António Guterres, Secretario General de Naciones Unidas. Compartí con él mis preocupaciones sobre el gobierno (o no gobierno) de este nivel. Guterres me respondió: «Formaremos un panel para estudiar la gobernanza en el espacio digital y cómo involucrar en ella a todos sus componentes». Se formó el Panel de Alto Nivel sobre la Cooperación Digital2, encabezado por Melinda Gates y Jack Ma, el cofundador de Alibaba, Vint Cerf, el inventor de Internet, yo mismo y muchos otros. El tema es urgente y muy serio.

Internet es una red de redes y esto lleva a pensar que también su gobierno debería seguir el modelo de la red. ¿Cómo lo concibe?

–Ningún grupo de gobiernos y menos un gobierno por sí solo puede realizar esta tarea. Las plataformas internacionales en Internet son hoy más poderosas que casi todos los Estados, y aún más que los jefes de Estado. Es necesario una cogobernanza digital. La hemos delineado en nuestro primer informe oficial 3; es crucial para que mejore o empeore la calidad de vida personal y social en el planeta.

Pensamos un sistema de cogobernanza según tres principios.

  1. Primero: los gobiernos deben gobernar junto con los sectores privado y civil de modo colaborativo, dinámico y ágil.
  2. Segundo: los clientes y usuarios de las tecnologías y plataformas digitales deben asumir sus responsabilidades y hacer valer también sus derechos.
  3. Tercero: las empresas y plataformas deben cumplir sus responsabilidades con todas las partes interesadas y no solo con sus accionistas.
    Los representantes de gobiernos, empresas y sociedad civil formarían redes horizontales que se autogobiernan. Un núcleo central activaría estos grupos para abordar problemas digitales específicos (uso de datos de reconocimiento facial, compartir con proveedores de seguros información respecto a los expedientes médicos de pacientes, la publicidad oculta dirigida a niños, etc.) junto con expertos de alto nivel. Los participantes diseñarían juntos normas digitales para que empresas y ciudadanos cooperen de manera responsable. Las acciones de arriba abajo por parte de autoridades nacionales o internacionales, para garantizar el cumplimiento o la implementación de las normas digitales, deberían de ser el último recurso. El núcleo central coordinaría estas redes horizontales de forma flexible, asegurando que la cogobernanza respete los principios de apertura, inclusión, subsidiariedad, resiliencia e innovación.

Esta nueva gobernanza del espacio digital, que se atreve a llamar cogobernanza, incluye a los ciudadanos. ¿Cuál sería su primer deber?

–Lo llamo responsabilidad digital.
Sin culpar a los demás de los miedos y preocupaciones digitales que tenemos, deberíamos empezar como ciudadanos a educarnos a nosotros y a nuestros hijos para asumir nuestras responsabilidades. Por tanto, antes de luchar por los derechos digitales, que deberían ser parte de los derechos humanos, hay que invertir en las responsabilidades y en educarnos y educar a nuestros hijos a entender que la privacidad o el querer controlar totalmente nuestras acciones o nuestros datos es absolutamente imposible; es una lucha inútil.

No podemos controlar nuestros datos. ¿Hay algo que sí podemos hacer?

–Preocuparnos de aumentar su integridad. Cada uno debería pensar en analizar sus propios datos, al igual que se usa el proceso de análisis en otros ámbitos de la ciencia, empezando por conocer de dónde proceden. Disponemos de tecnologías que lo permiten, como la blockchain (cadena de bloques)4, mecanismos con los que los dispositivos pueden evitar que sus datos sean manipulados o modificados.

Entonces necesitamos incrementar educación y formación

–Hay que insistir en que las instituciones de enseñanza y el profesorado inviertan para transmitir valores al sistema digital. Por ejemplo, para ejercer su profesión, el médico hace el juramento hipocrático, atribuido a Hipócrates hacia el 460 a.C. Necesitamos algo semejante, tipo un juramento tecnocrático, de manera que cada ingeniero que trabaje diseñando un algoritmo, cada científico que sueñe su próximo invento, tenga delante un conjunto de valores comunes vinculantes, valores que hoy en día no existen en la construcción de nuevas tecnologías.
Un ejemplo: si me meten prisa para escribir el algoritmo de una pasta de dientes, que recoja mi saliva y envíe los datos de mi ADN a alguna nube, y encima mi jefe quiere que tal algoritmo se escriba rápido para ganar a la competencia, yo estaría obligado a detenerme y reflexionar sobre la integridad de lo que estoy produciendo. Pero ¿me daría mi jefe otra semana para codificar esos datos de forma segura y fiable? Seguramente no. Por eso necesitamos mecanismos que permitan incorporar valores al sistema en cada etapa de construcción de nuestro nuevo mundo digital.

¿Podemos esperarlo?

–Los valores no pueden imponerse desde arriba, vienen de dentro. Mi mayor esperanza es que esa voz interior que cada persona posee actúe en el momento justo. Que nuestro trabajo, el de todos nosotros, pueda alimentar esa voz, que debe mantenerse viva y no desaparecer. Esta es mi única esperanza. ¿Por qué? Porque lo he experimentado en primera persona: las semillas plantadas cuando somos niños permanecen vivas y volvemos siempre a ellas. Cuando yo era joven fui parte activa de los jóvenes de los Focolares. Al día de hoy, cuando necesito encontrar fuerza y valentía, sigo acudiendo a esas semillas que Chiara Lubich, su fundadora, plantó en mí. Cuando trabajaba en la Corporación de Internet para la Asignación de Nombres y Números, ICANN por sus siglas en inglés, hubo un momento en el que las grandes potencias querían dividir Internet porque se había quebrantado la confianza. Yo estaba allí en el verano de 2013, un momento histórico, cuando el nivel de la infraestructura lógica, que hace de Internet una única Internet, estuvo a punto de dividirse en tres. De hecho, un gobierno muy poderoso ya había establecido un camino alternativo. Yo estaba a cargo precisamente de esa infraestructura lógica. Viví un momento de terror: un invento que conectaba realmente a todo el mundo, y que en muchos aspectos responde al sueño de Chiara de un mundo unido, estaba a punto de ver rota su identidad. En ese momento me vino a la mente una idea sencilla: los enlaces son la plataforma para llegar a ser todos uno. Era la semilla que había sido depositada en mí. Pasé dos años viajando por el mundo, hice más de dos millones de kilómetros para encontrarme con funcionarios, corporaciones, gente de todo tipo y construir el consenso hacia una sola Internet. Incluso ICANN cambió su eslogan por «una Internet única, un único mundo». Lo logramos. Convencimos a todos los países para que renunciaran al control exclusivo de la infraestructura lógica.
Nadie habría imaginado que el presidente Obama, el 30 de septiembre de 2016, a medianoche, poco antes de dejar la Casa Blanca y la presidencia, renunciase al control exclusivo de Internet por parte de Estados Unidos y pudiese convertirse en una herramienta para todos. Aquellas primeras semillas no desaparecerán.

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