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La regla de oro
“Haz al otro lo que quieres que hagan contigo”
La apertura “como” identidad
El exceso de la globalización parece la paradoja del milenio, la evidencia la necesidad de una nueva valoración de lo local así como de nuestras raíces muchas veces enmascaradas por nacionalismo o xenofobia, aislamiento o autoexclusión.
A nosotros inmigrantes residentes en Japón en esta era de migraciones incontrolables, el diálogo interétnico e intercultural, nos recuerdan lo importante que es relacionarse con la cultura nativa local y, valorar todos sus aspectos, incluso los más secundarios. La apertura hacia aquel que es distinto, casi obligatoria en una sociedad interconectada, empuja a cuestionarse sobre nuestra propia identidad y la de nuestras nuevas generaciones que a veces parecen perdidas.
En Tokio como en Lima, las manifestaciones y reflexiones de los grupos políticos, civiles y religiosos, en una época de apertura máxima debida a la sociedad digital, que reduce el tiempo y el espacio, están llenos de acentos autorreferenciales por la necesidad de no perder por el camino el significado de la vida.
No se trata de una contradicción, de dos visiones radicalmente diferentes de las cosas, sino más bien de una paradoja, o sea de algo que incluso pareciendo contradictorio, en realidad no lo es, ya que nos revela la naturaleza de las cosas, la complejidad de la existencia humana.
La conjunción de la sociedad digital y tal vez de todos los foros humanos organizados – no es “o” sino “y”. Se debe “sumar”, “incluir”, “mantener juntas” las cosas diferentes. Debemos considerar al otro igualmente esencial que uno mismo, debemos dejar de pensar que podemos resolver los complejos problemas colectivos con respuestas individualistas, simplistas y autorreferenciales.
“Haz al otro lo que quieren que hagan contigo” es la regla de oro de las grandes religiones. Con esta sentencia, no se busca cancelar la identidad, sino por el contrario se desea subrayar cómo el amor puede abrirse al otro sólo si sabe dirigirse, en primer lugar, hacia uno mismo. El hombre está hecho para ser feliz, – afirman los grandes maestros en humanidad – y lo consigue sólo si su relación con los demás la articula de una manera satisfactoria: Porque en ese “haz a otros” surge la relación entre los hombres, la necesidad del compartir, de la ayuda mutua, del cooperativismo, de la responsabilidad social. La necesidad de la unión, de la convivencia, del matrimonio y el formar familia, célula de la sociedad. Ryszard Kapuscinski afirma “Sólo la vida compartida confirma nuestra identidad”.
¿Prima el amor a sí mismo o el amor al otro?. La paradoja del siglo XXI nos presenta una solución: la apertura “como” identidad. Porque la apertura es identidad. Amo al otro si me amo a mí mismo, me amo a mi mismo si amo al otro. El Grupo Kyodai en estos meses que se celebra a la familia, los invita a vivir en el empeño de vivir proyectado al otro haciendo vida “La regla de oro”.