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PRESENTE
el histórico “yo tengo un sueño”
Las Fiestas que se avecinan, el argumento generacional, el balance del 2018 junto al momento presente que vivimos, me inspiraron algunos temas de reflexión. Uno de ellos el de las felicitaciones, una de las cosas más típicas de estas fechas.

Hoy en día, casi exclusivamente, nos llegan felicitaciones “colectivas” por correo electrónico, por sms o por las redes sociales. «Felicidades de José, Pilar y familia», y el mensaje se envía a todos los contactos del móvil o del computador. La alegría que me dan esos mensajes no es comparable con la que me producen los pocos mensajes “personales” que algunos amigos piensan y escriben sólo para mí.

Mis hijas me empujaron a dar un paso más. Valorar y rescatar la tradición de mi padre, con 97 años a cuestas, que desde antes que yo tenga uso de razón, hasta hoy, como un rito, saca su lista manuscrita de amigos y parientes -con direcciones actualizadas sobre el mismo papel cuadriculado tamaño oficio y desgastado por el tiempo-, lo lleva consigo a la librería Iwashita -de donde es “caserito”-, e inicia la sinfonía de comprar una tarjeta de navidad para cada amigo, para cada compañero, para cada conocido querido y apreciado. Por eso este año, tratando de emularlo, me propuse escribir a mano cada mensaje con contenido y felicitaciones personalizadas a mis entrañables amigos y parientes en las tradicionales tarjetas navideñas y Nengaj? (??? Tarjeta de año nuevo). Realmente, es una inversión de tiempo y de esfuerzo por comunicar sentimientos, que abren esa caja de pandora que son los recuerdos de las vivencias y los sueños compartidos. Emociones que avivan y estrechan relaciones detenidas por el tiempo y la distancia. Sensaciones que te hacen sentir vivo e infinitamente de carne y hueso.

Están en peligro de extinción. Ya casi no se reciben este tipo de felicitaciones, con tarjetas elegidas y manuscritas, pensadas y enviadas por vía postal. Precisamente por eso, hace ilusión encontrárselos en el buzón. La teoría económica clásica afirma que el valor de un bien depende del esfuerzo que se realiza para producirlo. Esta afirmación es igualmente válida en lo que respecta a las felicitaciones: cuesta muy poco enviar un mensaje a una larga lista de direcciones y, por consiguiente, tiene poco valor. Y algo similar sucede con los regalos: un regalo tiene valor para el que lo recibe cuando al que lo hace le cuesta algo (dedicación y atención más que dinero, diría yo).

Mi segunda reflexión sobre la Navidad y el Año Nuevo es ésta. En nuestra sociedad rica y tecnológica se está volviendo cada vez más difícil hacer regalos que proporcionen ilusión a las personas. Y es especialmente cierto en el caso de los niños. Los regalos son más apreciados cuando hay pobreza o escasez. Una de las nuevas pobrezas de la sociedad de la abundancia es precisamente la incapacidad de alegrarse por los presentes. Al tener de todo, ya nada nos sorprende ni nosotros logramos sorprender a nadie con un regalo. Y sin sorpresa, no hay presente. Con todo, viendo las carreras por los regalos, me doy cuenta de que en el fondo se pone mucho amor en ello. Haciendo un cálculo rápido, creo que más del 90 por ciento de las compras de mis familiares y amigos en esos días fueron regalos. Tal vez fueran presentes que no nos sorprendieron, pero lo que siempre será sorprendente son las ganas de dar y de recibir que hay en el corazón humano. El verdadero reto es ya saciar esas ganas con relaciones profundas de gratuidad y no con mercancías. Si lo logramos, sabremos asombrar y sorprendernos incluso con un presente.

A través de las miles de historias que hay detrás de cada remesa de nuestros socios, saludo con deseos, como los que popularizara Martin Luther King hace 55 años durante una inolvidable marcha realizada en Washington, contra la discriminación racial. En aquella ocasión el pastor bautista, pronunció un discurso donde invitaba a formar parte de un futuro donde seres humanos de diferentes razas, culturas, creencias y condición social convivieran armoniosa y fraternalmente.

Tengo un sueño, un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de sus creencias: que todos los hombres tienen los mismos derechos.
Tengo un sueño, un día en las colinas de Georgia, los hijos de los esclavos y los hijos de los antiguos propietarios de aquellos esclavos, serán capaces de sentarse juntos en la misma mesa para compartir el pan.
Tengo un sueño, que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por su proceder.
Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a prisión juntos, de defender nuestros derechos y obligaciones, con la firme certeza que un día seremos libres.
El Grupo Kyodai
desea que en el 2019
sus anhelos y sueños de cumplan.